Si alguien recuerda unas pocas entradas atrás, recordará un mensaje de esperanza. Era mentira. No hay esperanza en esta vida, y menos para los inútiles que esperan que alguien les eche la mano para sacarles del hoyo. Estaba agarrado a la pared, con los dedos sangrantes, apenas quedaban restos de lo que antes se podía haber calificado de uñas… Era una desgracia humana. Miró arriba, y vio que la persona que lo esperaba ya no estaba. Miró a la luz, pero el resplandor era demasiado. Entonces, miró abajo. Oscuridad. Inmensa, inconmensurable, su vista no daba distinguido el fondo, y sabía que si se soltaba, sería tragado por ella y finalmente, olvidado de los corazones de todos.
Tal vez se lo había merecido por ingenuo. Tal vez se lo merecía por confiar en alguien y aún así sabía que no podía confiar en absolutamente nadie, y menos si esa persona le prometía algo. ¿Ilusiones? Para imbéciles ¿Promesas? Para crédulos. Esas dos cosas han sido desde siempre el veneno que te hizo así de inútil e ingenuo; débil… Estúpido. Tal vez esas dos cosas te hayan alimentado y dado fuerzas antes, pero ahora… Han sido tu perdición. Ya estás sin fuerzas, extenuado, no puedes continuar y los dedos te duelen demasiado. Has derramado todas las lágrimas de cristal que te quedaban y ya no puedes ni lamentarte siquiera; tal vez por lo fuerte que resulta el dolor. Te pesa todo, no puedes ni con tu alma, y entonces piensas lo que pensabas antes: “La vida cuanto más vacía, más pesa”, y ahora notas cómo esa afirmación se hace realidad con cada vez más implacabilidad. Quieres soltarte y que la oscuridad te arrastre con ella. Quieres olvidarlo todo, dejar de dar valor a las cosas; dejar de sentir, de dar y de sufrir, de querer y esperar ser querido; porque sabes… Sabes que hay demasiados enemigos, y ningún aliado. Eres débil. Los dedos se van soltando y… Caes al vacío.
No gritas, no lloras… Ni siquiera piensas. Te limitas a cerrar los ojos mientras ves cómo todo tu esfuerzo se desmorona y la luz liberadora se aleja, mientras la oscuridad te envuelve con sus brazos negros, llamándote y susurrándote al oído. Y mientras las sombras te envuelven, los sentimientos vuelven; sustituyendo a la tristeza: Odio. Sufrimiento. Sadismo, dolor… Venganza. Te golpeas con todo el cuerpo contra el frío y duro suelo, emitiendo un grito de dolor, pero… No sientes nada. No te has roto nada, es más, sigues igual, y las manos han vuelto a estar sanas. Te levantas y miras las paredes, que parecen susurrarte de nuevo: “Sal, véngate. No te dan nada, para qué darles tú a ellos” Miras arriba y vuelves a ver esa luz que te llevaría a la libertad, o a la mayor opresión, y te parece más lejana que nunca. Aprietas los puños… La oscuridad tiene razón. Sólo hay una forma de cobrarse las cosas, y esa forma es… La venganza. Te vuelves a agarrar a las paredes, y ya no escalas: Saltas de pared en pared, con brío y fuerza, es fácil. Te impulsa algo que nunca te impulsó antes, y ahora estás incluso más cerca de la luz. Ya no te duelen los dedos, ni las piernas, ni los brazos, sólo el corazón; y eso ya no tiene cura.
Pero sí un atenuante. Mientras subes, sólo piensas en salir de ahí, y ya no vivir. Sólo sales para cobrarte todo el dolor que te causaron. Miras alrededor y ves el bosque, repleto de seres vivos, matojos y zarzas que apartar y aplastar. Empiezas a caminar y coges un callado del suelo, no para apoyarte, sino para defenderte y atacar. Si nadie va a ayudarte, pues tú vivirás para perjudicarles.
¿Por qué? Porque la venganza es sólo tuya…
